Durante siglos hemos hablado del vino como producto, técnica o mercado. Pero la arqueología, las humanidades y la historia nos recuerdan algo esencial: el vino nació como una idea cultural, no como una bebida. Un código simbólico que unía comercio, espiritualidad y comunidad en todo el Mediterráneo. Esta visión, desplegada recientemente en el seminario El Mar del Vino en el MARQ de Alicante, abre una oportunidad única para España: dejar de explicar el vino desde la enología… y empezar a interpretarlo desde la cultura.

Los hallazgos presentados allí —desde las ánforas fenicias de Dénia y Cádiz hasta el vino más antiguo del mundo hallado en Speyer— demuestran que el vino fue un lenguaje compartido por Georgia, Armenia, Egipto, Grecia, Roma o Iberia. Y que España, lejos de ser un actor secundario, fue uno de los nodos históricos de ese mapa sagrado y comercial. Alicante, con la que podría ser la denominación de origen más antigua del mundo, lo resume bien: aquí el vino fue identidad, territorio y economía mucho antes de que existiera la palabra “marketing”.

Un país con historia… que aún no ha contado su historia

El problema no es que España produzca vino; es que no produce suficiente relato. Seguimos explicándonos en clave técnica, en pequeña escala, mientras regiones como Borgoña o el Duero han convertido su pasado en un activo internacional, un orgullo común, un motor turístico y económico.

Como recordaron varios ponentes en Alicante, “el vino es una idea, no un producto”. Y esa idea —la del rito, la memoria, la pertenencia— es precisamente lo que hoy buscan los consumidores: sentido, no solo sabor.

De la cata al criterio: el vino como herramienta de pensamiento

Mi trabajo como consultora y pensadora del vino cultural parte de esta evidencia: si no construimos cultura, no construimos futuro. El vino necesita algo más que eventos y fichas de cata; necesita conversación, símbolos, arqueología, antropología, estética y paisaje. Necesita que lo volvamos a mirar como lo que fue siempre: una forma de conocimiento.

Porque el reto del sector no es vender más, sino pensar mejor: entender qué historias activan territorio, qué valores fortalecen a las bodegas, qué narrativas pueden posicionar a España en un mundo saturado de estímulos rápidos y carente de profundidad.

Y sí: necesitamos contar el vino español con la ambición que merece. Menos frutas del bosque y más Azorín, como reivindicaba Rafael Poveda al hablar del Fondillón —ese vino eterno que demuestra que una nación puede reconocerse en un estilo si se atreve a defenderlo con orgullo—.

Hacia una nueva narrativa

El futuro del vino español será de quienes sepan unir disciplinas: historia, sociología, diseño, gastronomía, turismo, empresa y creación cultural. De quienes entiendan que el vino no se bebe: se interpreta. Y que el Mediterráneo no es un paisaje: es un relato fundacional que nos conecta con 9.000 años de humanidad.

Mi propuesta es simple: situar al vino en el centro de la conversación cultural española. Convertirlo en un vector de identidad, turismo sólido, educación y Marca España. Recuperar la lentitud, el silencio y el pensamiento —nuestros verdaderos bienes escasos— para que el vino vuelva a ocupar el lugar que siempre tuvo: el de una forma de comprender quiénes fuimos y quiénes queremos ser.

Porque un país que entiende su historia, crea futuro. Y un sector que abraza su cultura, deja de tener complejos.

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