El vino español busca “sangre nueva”, pero lo que falta es futuro (y prestigio)

Hay titulares que parecen de economía, pero en realidad son de antropología. The Guardian como fuente que nos admira desde fuera, lo dice sin rodeos: la industria del vino en España busca una infusión de “sangre nueva”.

Traducido a lenguaje humano: faltan personas. Y cuando faltan personas, no se cae solo un sector: se caen pueblos, paisajes, oficios, memoria y una forma de estar en el mundo.

El artículo se apoya en un dato clave de OIVE: para sostener el relevo generacional haría falta incorporar 22.600 jóvenes a la gestión de explotaciones vitivinícolas.

No es un número: es un espejo. ¿Quién quiere hoy “ser del vino” desde el origen, no desde la cata?

 

1. El problema no es empleo: es deseabilidad cultural

La discusión suele ir por el camino equivocado: “faltan manos”. No. Falta deseo.

Y el deseo no se arregla con un folleto institucional ni con una campaña de “ven al campo, que es precioso”.

Si trabajar en viña se percibe como renuncia —a tiempo, a ocio, a ciudad, a oportunidades— el mercado laboral se convierte en un casting sin candidatos. Y el vino, que siempre se vendió como cultura, se encuentra con un problema cultural: su oficio ya no promete futuro.

Lo interesante del reportaje es que coloca el foco en la España rural como demografía y como estructura: territorio enorme, densidad baja, envejecimiento, menos jóvenes.

Y ahí hay una idea fuerte para pensar el vino: sin tejido humano no hay tejido vitícola.

 

2. Modernización no es tecnología: es estatus + condiciones + carrera

Cuando se habla de “modernizar” el campo suele sonar a tractores con GPS y drones. Bien. Pero es incompleto.

Modernizar de verdad es también:

  • Condiciones (salarios viables, estabilidad, conciliación)
  • Carrera profesional (que haya progresión, reconocimiento, especialización)
  • Vivienda y conectividad (lo básico, lo que no sale en una contraetiqueta)
  • Prestigio (estatus: que ese oficio vuelva a contar socialmente)

OIVE menciona formación agraria y modernización como palancas para reducir el riesgo de falta de relevo.

La pregunta cultural es: ¿quién está convirtiendo esa modernización en algo aspiracional? ¿Quién está construyendo el “orgullo profesional” del vino desde el origen?

 

3. El vino como infraestructura social

El vino no es solo bebida: es infraestructura social. Mantiene paisaje, economía local, biodiversidad cultural, redes de cooperación, identidad.

Cuando se pierde el relevo, no desaparecen solo viñas: desaparece conocimiento acumulado. Y, con él, una parte de la “inteligencia territorial” de España.

Por eso el debate no debería limitarse a “cómo atraer jóvenes”. Debería ser: cómo hacer que el vino vuelva a ser una promesa de vida, no una épica de resistencia. Talento hay, de sobra, las nuevas generaciones son superJASP (Más que Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados).

Encuentro «Jovenes Talentos del Vino» (2024) organizado por EDA en Samaniego

4. Contar “la historia completa” (y no solo la bonita)

En el artículo aparece una frase que me parece esencial: hay que contar mejor la historia del vino, “la historia completa”.

La historia completa incluye:

  • lo bello (paisaje, patrimonio, cultura)
  • lo duro (márgenes, burocracia, incertidumbre climática)
  • lo real (qué se gana, qué se aprende, qué futuro hay)
  • lo ambicioso (qué puedes llegar a ser si entras)

Si solo contamos lo bonito, el vino suena a postal. Y las postales no pagan el alquiler.

 

5. Una propuesta desde observatorio: del “relevo” al “renacimiento”

Quizá la palabra “relevo generacional” ya nace vieja. Suena a obligación: “alguien tiene que venir”.

Propongo cambiar el marco: renacimiento profesional.

No se trata de “convencer” a jóvenes: se trata de diseñar un ecosistema donde entrar al vino sea una decisión inteligente, digna y con futuro.

Preguntas para abrir conversación (y para incomodar siempre desde el pensar el vino con cariño):

  • ¿Qué debería pasar para que trabajar en viña sea tan respetado como trabajar en gastronomía de alta gama?
  • ¿Qué rol juegan bodegas, DOs, administraciones y marcas en construir estatus (no solo empleo)?
  • ¿Qué nuevos perfiles necesita el viñedo hoy (datos, sostenibilidad, gestión, tecnología, cultura) y cómo se forman?
  • ¿Qué historias estamos contando para que alguien quiera pertenecer a esto?

Tenemos buenos ejemplos en Francia (Mèdoc) que ha propuesto programas de inserción en viñedo para conseguir mano de obra (no likes): “Vignerons du Vivant” (con Apprentis d’Auteuil) y “École de la Vigne et du Vin” (junto a Pôle emploi/France Travail). En 18 meses de propuestas, el 80% consiguió un contrato temporal o indefinido.

Italia tiene un enfoque mucho más sistematizado: el ITS Academy como FP superior (monotorizado por INDIRE, desde el Ministerio) donde el 84% de los titulados tiene contrato a los 12 meses y 93% trabaja en áreas coherentes con todo lo estudiado en agroalimentaria, tecnología, viticultura…). Demuestran que la vía de formación corta+empresa coloca.

En el caso portugués, trabajar en el viñedo como futuro se promueve desde ayudas públicas para Jóvenes Agricultores: se contabilizaron 2.430 proyectos de inversión a jóvenes agricultores en territorios de baja densidad (y menciona importes y premios de instalación) y 4.400 jóvenes agricultores con proyectos subvencionados. El programa VITIS desde el Ministerio es además una palanca para jóvenes inversores.

 

Porque si el vino es “demasiado importante como para no luchar por él”, la batalla no es de marketing. Es de condiciones, imaginario y orgullo.

Y sí: el relato importa… pero el futuro  (con sus talentos y savia nueva) también.

 

 

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